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Al igual que su predecesora, Los renegados del diablo es una película altamente referencial. La diferencia está en que, si bien La casa de los 1000 cadáveres era un homenaje a las dos primeras partes de La matanza de Texas (1974), en esta ocasión Zombie construye una gran referencia a los western de Sam Peckinpah, especialmente El grupo salvaje (1969), con la que comparte esa visión de personajes que escapan cuando su mundo poco a poco se acaba. Eso no quiere decir que Rob Zombie se haya olvidado de Tobe Hooper, ya que el argumento tiene una profunda resonancia a La matanza de Texas 2 (1986): tras los eventos ocurridos en la primera película, el Sheriff John Quincy Widell decide vengarse de la familia de psicópatas que causó la muerte de su hermano, por lo que reúne a todas las fuerzas del orden para tomar por asalto la casa de la familia Firefly. Otis y Baby, los únicos que han conseguido escapar con vida, deciden huir junto al Capitán Spaulding mientras son perseguidos por el sheriff, quien poco a poco demuestra ser tan brutal y sádico como ellos. En el camino, por supuesto, los jóvenes Firefly cometen todas las tropelías y masacres a las que ya nos tenían acostumbrados. La cinta narra, por lo tanto, la historia de unos demonios bandoleros perseguidos por un ángel justiciero no menos sanguinario.
 
 
 
Esta secuela, sin embargo, es tremendamente diferente a la primera parte. Si bien el humor negro de La casa de los 1000 cadáveres todavía está presente, la cinta es mucho más brutal y despiadada, y menos caricaturesca en lo que se refiere a sus personajes. Pero al mismo tiempo, el hecho de que estos (aún siendo más depravados de lo que ya eran) sean los protagonistas y narren la historia desde su punto de vista, crea una interesante paradoja: el público de alguna forma termina identificándose con la familia Firefly. Aunque no necesariamente esto quiere decir que terminamos aupando la violencia y la brutalidad de Otis y Baby, si llegamos a involucrarnos emocionalmente con ellos, lo bastante como para interesarnos por el desenlace de esa familia de psicópatas que tan genuinamente se quieren.
 
 
A todo esto hay que añadir el cambio radical de estética que Rob Zombie ha acometido con su secuela. La primera película era un festival de colorines de feria, un oscuro glamour casi irreal, más típico de una secuencia onírica o de un cómic. Los renegados del diablo, sin embargo, apunta a una estética hiperrealista, y reproduce a la perfección el look sucio y granuloso del cine setentero de explotación en el que evidentemente se inspira. La presencia además de viajes luminarias del horror de esa década como Michael Berryman y Ken Foree ayuda.
 
 
A medida que avanza el metraje, la confrontación entre la familia Firefly y el sheriff Wydell va intensificándose cada vez más. Lo interesante es ver como se intercambian los papeles en cuanto a simpatía con el público, ya que a medida que va pasando el tiempo comprobamos no solamente los lazos afectivos que unen a los tres asesinos, sino también la degeneración psicópata del propio sheriff. El final de la película es, por lo tanto, el único posible, pero eso no le resta un ápice de su fuerza. Los renegados del diablo es una de las mejores películas que este género nos ha dado en los últimos años.
 

 

 
 
 
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